CUADERNOS DE TZADE

Cosas que me pasan, cosas que pienso, cosas que digo y cosas que callo

05 mayo 2009

Creer o no creer

A menudo los desconocidos me cuentan la historia de su vida: el compañero de autobús, el conductor, el taxista, el camarero... habitualmente hablan de sus desgracias vitales, de sus problemas cotidianos...
Por fortuna, a veces también alguien me cuenta historias felices, como hoy. El conductor del autobús me ha contado que lleva 30 años casado con su esposa; me contó cómo ignoró todas las voces que intentaron separarles y cómo supo desde que la vio que era la mujer de su vida; tuvieron dos hijos que ya son mayores y me cuenta cómo estuvo a su lado cuando ella, a mi edad, tuvo una menopausia precoz que la dejó destrozada y cómo con tiempo y paciencia estuvo a su lado hasta que ella volvió a ser la mujer que había conocido. No he podido evitar preguntarme si yo estoy a tiempo de pasar 30 años con alguien. Cumplo 37 años el domingo y me pregunto si seré capaz algún día de creerme las cosas que me ocurren.
He vivido varias veces la sensación gaseosa del comienzo y aunque hace mucho tiempo que no me sucede parezco estar vacunada para siempre del creer en lo increíble. Hay un tiempo para cada cosa supongo. Me tomo mis momentos al día para descreer, echar cuerpo a tierra y clavarme en ella a riesgo de perder las alas para siempre. ¿En qué momento de nuestra vida decidimos dejar de soñar o, al menos, dejar de creer que nuestros sueños son posibles? ¿Por qué cuando al fin encontramos lo que andábamos buscando nos parece demasiado bueno y echamos a correr? ¿Cuánto tiempo necesito para darme cuenta de la porción de realidad que esconden los instantes mágicos?
No sé responder a un montón de preguntas. No sé por qué a veces deseo que lo magnífico acabe y regresar a la búsqueda o a la rendición que ya formaban parte de mí, como los dedos mordidos o la cicatriz de mi cara. Tampoco sé por cuanto tiempo sería capaz de soportar esta montaña rusa de emociones antes de tomar la primera decisión importante.
No es la primera vez que alguien viene a mi disfrazado de caballero rescatador con capa y espada y me promete la luna con toda su legión de estrellas. No sería la primera vez que alguien me cree la mujer de su vida y pasadas unas horas decide lo mismo pero con otra, o decide que soy demasiado buena para ser cierta, o decide que lo que vive se le queda grande, le entra el miedo y se va. No es la primera vez que alguien dice que él es diferente. Y si me decidiera a creerle, no sería la primera vez que cuando yo doy el paso el otro huye despavorido como si se tratara de una apuesta cruel consigo mismo y dejo de ser deseable cuando me vuelvo accesible.
No me extraño de las barreras de hierro plegables que me he fabricado con los años. A veces las dejo caer pero no se me olvida levantarlas de nuevo de cuando en cuando para tener muy presente cual es mi espacio para mantenerme a salvo. Pero... ¿a salvo de qué? Puede que así evite mucho dolor pero también sé que me prohíbo a mí misma el gustazo que da creer en alguien, por ejemplo.
Nunca me ha gustado hacer daño. Nunca he querido herir y nunca me he sentido orgullosa cuando he visto a otro barrer sus pedacitos. El tiempo me ha mostrado cómo la mayoría recogen sus añicos en menos tiempo del que a mí me ha costado romper lo que había y sustituírme rápidamente... cuando parecía poco menos que se iban a morir si les dejaba. Nadie ama tanto como dice. Tal vez se lo cree, pero casi siempre no es para tanto. Me lo repito a mí misma para no creerme del todo todas las palabras, especialmente aquellas que por un instante me hacen sentirme distinta y me despiertan el gusanillo ese que te recorre de arriba abajo y no te deja comer y no te deja dormir y se te come los sesos pensando en el otro y no te deja pensar en otra cosa. Hasta ahora el "tengo mucho que hacer" me ha mantenido a salvo. Pero he gastado ese recurso y no me vale.
No me permito mucho más que decir "te quiero un poco"... y para mí es un mundo decirlo, mucho más difícil que para muchos decir "te quiero un mundo". Son sólo palabras.
Son sólo palabras, son sólo miradas, son sólo besos, son sólo corazones en alto, sólo son eso.
Pienso en voz alta tratando de decidir si creer o no creer. Con la edad los cuerpos crecen y los corazones se encogen. ¿Soy demasiado mayor?

2 Comments:

  • At 5/06/2009 09:50:00 a. m., Anonymous Gabriel said…

    Desde hace menos de 15 años, lo que te sucede es muy sencillo de explicar bioquímicamente y sin tanta parafernalia pasional-romántica:

    http://www.olivella.org/Rafanell/SIGLO%20XXI/SEXUALIDAD/ENAMORAMIENTO%20Y%20HORMONAS.doc

    Besos,
    Gabriel

     
  • At 5/06/2009 10:54:00 a. m., Blogger Tzade said…

    Gracias por tu inteligente observación. Si no te importa, seguiré manteniendo mi cursi-estilo baboso romanticón y viviendo determinados momentos en la ignorancia, ajenos a explicaciones científicas. Me gusta sentir lo que estoy sintiendo a pesar del come-come. Cuando decida escribir un tratado científico te avisaré. Estoy viviendo un momento magnífico.
    Besos

     

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