CUADERNOS DE TZADE

Cosas que me pasan, cosas que pienso, cosas que digo y cosas que callo

30 enero 2006

Mi castillo, mi fortaleza, mi lugar.

Gabriel vino anoche a mi memoria. Estaba ordenando el ordenador, borrando archivos, recolocando apuntes... y apareció su carpeta, que llevaba meses dormida, con sus fotos, sus mails y algunas conversaciones que quise guardar. Me dejó un sabor agridulce y dio que pensar... de hecho llegué tarde al trabajo, pues me distraje leyendo entre líneas sus comentarios y los míos. Y es curioso cómo una misma realidad puede dar lugar a juicios tan diferentes. Intenso, breve, dulce, salvaje, cálido, hiriente. Me eleva, me hunde, me arropa, me destapa, me recuerda, me comprende, me incomprende, me quiere...
No fue casual que me detuviera en su archivo. Por la mañana pensé en él. No cabía en su mente la idea de que un amigo pudiera dormir a mi lado sin segundas, insanas y podbres intenciones. Pero anoche, por segunda vez, dormí con Jorge Q, sin que hubiera más que caricias suaves en el pelo, charla y risas hasta el sueño y después del sueño. No hubo ni habrá, porque no es mi tipo, porque no me atrae, porque no quiero. Y es una pena porque es dulce y tierno como un chiquillo, porque sabe decir “te necesito”, porque abraza sin maldad y porque me encanta. Paradójico ¿verdad?
Pero es ahora cuando estoy recobrando el juicio y aprendiendo a olvidar sin olvidarme, a amarme y perdonarme, a vivir.
Hay muchas formas de suicidarse; llevo más de un año suicidándome, sin atreverme a hundirme en la muerte, como quien quiere sumergirse en el océano, pero le parece frío, inmenso y le da miedo, bailaba de puntillas por la orilla buscando el valor y entretanto dejándome mojar los pies y contemplando sus olas. Una ola enorme llegó a mí y quiso arrastrarme mar adentro; salí dando ridículas brazadas, buscándome el aliento, tuve frío, amé al sol.
Había dejado de comer; había dejado de dormir; me había apartado de todos los que me querían o empezaban a hacerlo. Eché a patadas a Gabriel, a José Manuel, a Esteban... ignoré a Pilar, a Rosa, a Cruz... olvidé nombres de personas que me ofrecían salidas reales. No volví a llamar a Doña Meli. He olvidado cientos de nombres. He estado ciega de rabia y de muerte. Gabriel no llevaba razón en todo. Me habló desde el orgullo del amante despechado, atacó como una fiera herida, sermoneó desde su púlpito dogmático y quiso sacarme a la fuerza, a fin de cuentas, de mis arenas movedizas, donde yo había elegido estar por un tiempo indefinido. Pero sí solía repetir algo así como “tu carrera desenfrenada hacia la destrucción”. Llegó a esa conclusión a través de juicios precipitados y generalizaciones absurdas (me convirtió en alcohólica por beber de vez en cuando, en drogadicta por fumar cannabis una vez al mes, en puta por entregarme a brazos distintos a los suyos con una frivolidad y frecuencia inventadas o exageradas), pero llevaba razón el cabrón. Intuía, sabía... que había comenzado un viaje que no llevaba a ninguna parte. Me asustaba a veces, cuando parecía conocerme mejor que yo misma.
Si no dejamos ir en paz a aquellos que se fueron no podremos recibir a quienes llegan. En una ciudad donde casi no puedes permitirte más de 30 metros cuadrados para ti solo, vas en metro como sardina enlatada y el espacio interpersonal se reduce prácticamente a tu propia piel es fácil de comprender algo así. El espacio es importante. Nuestro corazón tiene espacios; tiene lugares: uno grande para la familia; uno acogedor para los amigos; uno exclusivo para el amado y uno vital, ordenado, limpio y bonito para uno mismo. Mi castillo fue un soft donde ya solo faltó el incesto para acabar de mezclarlo todo (mis tres hermanos son guapísimos, pero no me dio por ahí).
Cada estancia de nuestro castillo merece respeto. Uno puede llenarlo de tesoros... o de mierda. Y la elección es solo nuestra. Sólo nuestra.
Hay que ventilar, ordenar y limpiar. Y cuando todo esté bonito, haré una fiesta para celebrarlo.

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